Signos de amor

PirraSmith - mama mirando a bebe porteado en fular

Mamá, me encanta cuando te conviertes en mi cómplice y me sigues el juego. Me encanta pensar nuevas formas de hacerte sonreír y de reírme yo también.

Fuiste tú la primera persona con la que tuve una conversación, una de esas que ni siquiera lo parecen. Cortas, sutiles, simples y completas. Una en la que tú me entendías y me contestabas de la misma forma en que yo lo hacía. En la que nos saltábamos todas las fronteras de la comunicación, los idiomas, la edad…

Nuestras conversaciones con las miradas comenzaron poco después de cumplir los 3 meses. Lo recuerdo, porque me lo contaste, y porque grabaste miles de vídeos. Pero sobre todo, recuerdo haberme sentido escuchado y comprendido.

En el principio no usábamos la boca para hablar, si no lo ojos. Tú hacías signos con las manos cuando me contabas cosas pero yo aún era muy pequeño para controlarlas lo suficiente como para signar. Aún así utilicé otro signo, ese que te vi hacerle a papá miles de veces.

Papá decía a veces “te quiero” y tú contestabas cerrando los ojos por unos segundos. Como si lanzaras un beso con la mirada. Como si contestaras y yo te quiero así de fuerte.

Mientras vosotros os decíais esas cosas yo, pequeñito como era en aquellos momentos, os observaba. Y aprendía. Absorbía cada movimiento que hacíais y lo aprendía.

Hasta ese momento en el que me lancé a hacerlo, y me visteis, y lo repetí, y lo entendisteis. Os estaba hablando de la misma manera en que os hablabais vosotros. Puede que no entendiera que detrás de esa señal había un “te quiero” pero por supuesto que había mucho amor tras mis intentos de comunicación.

Esas conversaciones con los ojos fueron el principio, más allá de las palabras y más allá de los signos. Fueron una pizca de todo… una pizca de amor, de complicidad, de comprensión, de creatividad, de compartir ciertos genes, de observación y sobre todo pizca de suerte.

Suerte mamá, de que te fijaras en mi cuando lo hacía. Suerte de que me fijara en vosotros cuando lo hacíais. Suerte que acabásemos haciéndolo los tres, como un signo de amor, de comprensión. Ese largo guiño nos convertía en una familia, era un símbolo solo para nosotros tres.

Me hace inmensamente feliz pensar en ello como nuestro pequeño secreto, esta forma privada de conversación, aquello que nadie más supo lo que era. Nosotros tres nos divertíamos con ese pequeño gesto.

Mamá, en alguna ocasión seguro que te preguntaste por mis hipotéticos hermanos… si ellos lo harían también. Y seguro que te preguntaste si era algo común en todos los bebés.

Pero no se lo preguntaste a nadie, porque te gustaba que fuera nuestro secreto. A mí me lo contabas cada noche, aunque sabías me llevaría tiempo entenderte.

Ojalá pudiera haberte contestado todas las cosas que pasaban por mi mente en aquellos momentos. Pero era muy pequeño, no sabía hablar y muchas veces ni siquiera entendía lo que me decías. Pero siempre entendí que entre aquellas palabras había amor.

Porque si no lo había ¿quién hablaría con alguien que no le entiende?

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