Proyecto HS – Tom POV

PirraSmith - proyecto hope seeker colgante con forma de corazon

Por fin llegaba a casa, de nuevo, tras tantos años de estar fuera en la academia. Saqué mi manojo de llaves con un poco de nervios pensando en si encajarían de nuevo. Y encajaron, abrí la puerta del portal y me llené del aroma a hogar que tanto había echado de menos.

Entonces escuché un gran estruendo bajando por las escaleras y antes de que apareciera girando por el último tramo supe que era ella. La vi bajando las escaleras a todo meter como si la persiguiera el  mismísimo diablo y me quedé parado en la puerta del portal. Había cambiado tanto y tan poco a la vez.

Su pelo oscuro ondeaba y sus ojos estaban atentos a los escalones, llevaba las llaves en la mano y un gran bolso en el hombro.

Me di cuenta de que se iba a chocar conmigo y no me aparté. Podía haberlo hecho, tenía los reflejos para ello pero quise provocar ese encuentro casual y me quedé en la puerta, tapándole la salida.

Y chocó de pleno conmigo, contra mi pecho. Ese fue nuestro primer saludo después de tantos años, un golpe. Yo lo sentí más allá. La había echado de menos muchas veces durante el tiempo que había estado en la academia, había querido venir a verla y explicárselo todo antes de que ocurriera, pero no podía hacerlo. Tenía órdenes de no hacerlo. Y las órdenes debían seguirse al pie de la letra.

No me moví mientras ella aturullada por el golpe se recomponía y subía su mirada hasta  la mía. Sus ojos oscuros me encontraron y pensé que me reconocería de inmediato, pero no fue así. Empezó a parlotear una disculpa bastante terrible:

  • Lo siento mucho, muchísimo, es que voy con prisa… no me… he… dado cuenta…

Me llevé la mano a la barbilla, más para no partirme de risa ante ella y delatar mi identidad que otra cosa. Me estaba comiendo con los ojos. Así que aproveché para hacer lo mismo que ella. No había crecido mucho, seguía siendo bajita, pero preciosa. Tenía unos rasgos especiales sacados probablemente de sus genes. Pasamos unos segundos en silencio hasta que se decidió a hablarme.

  • Perdona, ¿me dejas… salir?- me preguntó con una sonrisa.
  • Por supuesto. – contesté.

Me aparté a un lado dejando el espacio justo para que pudiera pasar, con la mochila que llevaba a las espaldas tampoco podía hacer gran cosa.

  • ¡Gracias! – me dijo con una sonrisa y salió corriendo de nuevo dejando su aroma a mi alrededor.

Me quedé unos segundos más allí parado, observándola desaparecer por la calle. No me había reconocido. La verdad es que si alguien había cambiado de los dos era yo. Desaparecí de su vida a los 18 siendo un tipo flacucho que apenas tenía pelusilla en el pecho y volvía ocho años después convertido en un hombre que había pasado casi todo ese tiempo encerrado en un gimnasio entrenando para poder protegerla de cualquier cosa que pudiera venir en el futuro. Y ahora ese futuro estaba en el presente. Ahora era cuando tenía que hacer valer todo mi entrenamiento y educación recibida.

El estado no daba nada gratis. A cambio de la formación académica, de poder sacarme la carrera que yo quise de forma gratuita, tuve que echar más horas que nadie en el gimnasio para poder ponerme en forma y aceptar las normas militares que me repateaban el estómago. Poco a poco fui aprendiendo a sobrellevar la jerarquía militar y tener menos castigos por desobediencia pero si es cierto que al principio lo odié, mucho.

Odiaba tener que ser yo la persona encargada de protegerla. Porque no quería esa vida para mí. Quería algo tranquilo, lleno de fiestas universitarias y salir con chicas… y me encontré en un ambiente dominado por los hombres donde las pocas chicas que había estaban metidas solamente en la parte ejecutiva de la academia.

La mayoría de nosotros conocíamos a nuestros objetivos de alguna manera, pero mi relación con Esther iba mucho más allá. Habíamos sido amigos desde la infancia. La había cogido en brazos cuando su abuela la trajo a casa después de nacer. Había hecho de niñera más veces de las que podía contar y mi sino era seguir siendo esa persona molesta que te persigue.

Empecé a subir las escaleras hasta casa. No me podía quedar en el rellano todo el día. Como si me hubiera oído subir, Dora abrió la puerta al pasar justo por el descansillo de su piso. Cuando la miré no lo hice con los ojos de aquel niño que la había tomado como si fuera su propia abuela, aquella que me daba chocolate caliente para desayunar un domingo o que me tenía preparadas castañas asadas en invierno para meterlas en los bolsillos cuando iba de camino al instituto. Ahora era otra persona. La que cuidaba de Esther hasta que me tocara a mi reemplazarla. La que lo sabía todo y jamás había dicho nada.

  • ¿Quieres pasar a por un chocolate caliente… Tomás? – me preguntó.

Sonreí, no esperaba nada menos de ella. Me había reconocido a la primera, sin abrir la puerta si quiera. Probablemente estaría avisada de mi vuelta.

  • Claro, dejo esto en casa y bajo – le contesté señalando la mochila donde llevaba todas mis pertenencias.

Asintió y cerró la puerta tras ella. Dora, un enigma por completo para mí. Sabía más que nadie en el mundo sobre todas las cosas que tenían relación con las habilidades, la genealogía de las portadoras del artefacto y nos había dado datos del artefacto para poder ayudar a las portadoras a servir de pilas humanas para ellas. Proteger y darles energía. Para eso existíamos.

Al principio me rebelé contra ello y odié a Esther por un tiempo, por existir, por ser quien era… pero luego descubrí que había otras, y que podía haberme tocado proteger a cualquiera de ellas. No muchas, 2 o 3 por país, al menos en los más desarrollados sabíamos quienes eran y estaban controladas por el gobierno. La mayoría estaban en Europa, donde quiera que hubiera ido Dora había alguna de ellas. Por eso siempre podíamos simplemente seguirle la pista para encontrarlas.

Me preguntaba cuánto tardaría en decirle a Esther la verdad y marcharse a otro lugar o si se quedaría con ella. No obstante, dentro de las portadoras Esther era especial, pues llevaría el artefacto primigenio. Así lo había decidido Dora.

Suspiré, el pequeño encuentro con Esther me había descolocado un poco, no esperaba verla tan pronto. Quería presentarme como era debido, y a demás me molestaba un poco que no me hubiera reconocido cuando yo a ella sí. Aunque ella no había cambiado apenas, quizás hubiera crecido un par de centímetros y definitivamente tenía más cuerpo de mujer que de niña, pero tenía los mismos ojos, la misma sonrisa y la misma melena oscura, algo más larga que la última vez.

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